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sábado, 12 de noviembre de 2011

Ni pa' las tortillas


Ni pa’ las tortillas

Ana Livia Salinas González

Estuve tocando el timbre pero nunca me abrió. Toqué hasta que me dolió el dedo. Los niños de enfrente me veían, se miraban, se reían de mí; uno me señaló y todos se carcajearon. Abrí la reja. Caminé decidida por el pasillo que rodeaba la casa. Entré por la puerta de atrás, la que siempre dejaba abierta, y casi me caigo por la pestilencia; me tapé la nariz, pero seguía oliendo feo. Pensé que quizá fuera por los trastes sucios que vi regados en la cocina.

    Lo primerito que vi al entrar en la sala fue la silla volteada, con las patas rotas, encima de la mesa. Junto al teléfono que estaba en la pared había una manchota café. Faltaba el cuadro de la Monalisa. Miré en el suelo, buscándolo, pero sólo encontré un zapato. Me acerqué a recogerlo, y ahí, a un lado de la mesa, tendido en un charco cafesoso, un brazo bajo su cuerpo, el otro torcido, con la palma mirando hacia arriba, estaba mi amigo José. Sobre la mano abierta había una moneda. No me acuerdo si grité, pero las piernas las sentí flojas, por eso no pude correr.

   Primero pensé que a lo mejor se trataba de una broma, luego, que sólo estaba herido, hasta que descubrí que la peste salía de su cuerpo. No sé por qué me hinqué junto a él. No me importó embarrarme las piernas ni las manos. Sólo quería rezar un ratito, pero no podía concentrarme. Miraba su ojo izquierdo inmóvil, medio abierto, cuando una maldita mosca revoloteó entre nosotros y se paró en su nariz. Le atizé un manotazo pero la méndiga voló y el guamazo fue a caer sobre José.

   Meditaba si el desdichado se iría al cielo o al infierno cuando empezó a sonar el teléfono. Dudé en contestar, pero siguió sonando como si supieran que había alguien. Me levanté patinando en el charco. Era mija, que hablaba desesperada porque sus hijos se morían de hambre; quería saber si el José me había prestado pa’ las tortillas. Le dije que todavía no le había pedido el dinero. ¡No se me ocurrió qué otra cosa decir!

    Recordé la moneda que había en la mano de mi vecino. Me incliné y la tomé. Era de diez pesos, a él ya no le iba a servir pa’ nada. Salí apresurada. Los niños me vieron, gritaron y corrieron despavoridos. Caminé de volada pa’ comprar menos de un kilo de tortillas. Al otro día me cayó la policía. Pa’ dejarme libre pedían un chingo de dinero. Como no tenía, decidieron mandarme a la cárcel. No les importó que fuera inocente. Me dijeron que algún día me iban a hacer un juicio, que mientras, me adaptara.

    Las cosas podrían ser peor: mi cuartito tiene baño y excusado, y en el lugar hay gente buena, pero dos muchachas me han pedido que sea su novia. A ver si no me madrean.

    Ya le dije a los polis todo lo que pasó, pero no me creen. Hay un hijo de la jodida al que le dicen “El Capi” que se cree Dios, y que siempre acaba gritándome: “¡Sólo dígame por qué lo mató!”. Estoy cansada de repetirles que sólo tomé la monedita pa’ comprar las tortillas. A cada rato me interrogan. Me escupen, me zarandean. Un imbécil me dio una cachetada. ¿Asalto, venganza, cobro de cuentas?, ¿a dónde pensaba irse con la pintura de la Monalisa? Las preguntas me han caído como granizo en un parque de béisbol.

    Mi agonía llegaba casi a su límite cuando me trajeron un periódico que decía: “Matolo por diez pesos”. Por poco, se lo juro, por poquito les digo que sí, que yo me lo ajusticié, pero no. Me acordé de Kalimán: “El que domina la mente, lo domina todo”.

    Y aguanté. Aguanté hasta hoy. Una de las guardias, la “Jefa”, una que también me ha estado haciendo ojitos y lanzando piropos, me dijo: “Oye, chaparrita preciosa, a lo mejor ya te sueltan. Se encontraron otro muerto con una moneda de a diez en la mano”. Me emocioné. No le puedo explicar cuánto. Empecé a hacerme ilusiones. Se me antojaba llegar a mi casa y comerme un caldito de pollo. Pero entonces todo se fue a la chingada. Llegaron los polis -los disque detectives-, y el cabrón del Capi me dijo:

     A ver, enana, ¡así que no actuabas sola!, ¿cuántos cómplices tienes allá fuera?

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